
Epstein usó a científicos de élite para validar ideas racistas y misóginas

La desclasificación de más de tres millones de archivos vinculados a Jeffrey Epstein por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos (EEUU) ha expuesto una faceta perturbadora de su red de influencia.
Entre los documentos emergen los nombres de casi 30 científicos de primer nivel que, si bien no participaron en sus actividades delictivas, integraron un círculo selecto agasajado por el financiero.
El objetivo de Epstein era doble: utilizar el prestigio de estas figuras para rehabilitar su imagen tras su condena de 2008 y, simultáneamente, obtener respaldo académico para una agenda cargada de tintes supremacistas y misóginos.
El alcance de estos vínculos involucra a eminencias de Harvard, el MIT y Princeton. Nombres como la física Lisa Randall o el neurocientífico Stephen Kosslyn aparecen en una correspondencia que revela una cercanía preocupante.
Según la revista Nature, Epstein no solo financiaba investigaciones, sino que invertía millones en áreas como la genética y la biología evolutiva con el fin de validar su obsesión por la mejora del genoma humano.
Sus proyectos, que incluían la idea de "sembrar" su propio ADN embarazando a múltiples mujeres simultáneamente, buscaban una pátina de "respetabilidad científica" que solo estos académicos podían otorgar.
En este contexto, la relación entre el dinero y la academia creó lo que expertos como Dan Vergano, editor senior de la revista Scientific American, definen como un "club de chicos".
En correos electrónicos de 2016, se registran diálogos entre Epstein y el científico cognitivo Joscha Bach donde se discutían premisas racistas sobre el desarrollo intelectual de la población "negra" y se cuestionaba la capacidad de las mujeres en ámbitos abstractos.
Estas comunicaciones demuestran que, bajo el manto del mecenazgo, se normalizaban discursos de odio que biologizaban la desigualdad social.
La misoginia documentada trasciende la teoría y se manifiesta en el trato directo. Los archivos muestran intercambios con el médico Peter Attia bromeando sobre mujeres como "mercancía", o comunicaciones del profesor de Yale, David Gelernter, evaluando a candidatas por su aspecto físico antes que por su currículo.
Incluso se llegó a plantear el desarrollo de una "viagra femenina" mediante un virus para ser probada en estudiantes universitarias, una propuesta que Epstein discutió con el biólogo Nathan Wolfe.
El caso Epstein demuestra cómo estas ideas de "racismo", aunque desacreditadas por el consenso académico moderno, pueden resurgir cuando encuentran financiación privada masiva y canales de influencia en instituciones de élite.
Para especialistas como la socióloga Teresa Samper, Epstein no inventó estas corrientes, sino que actuó como un amplificador de sesgos ya presentes en la cultura científica.
Al rodearse de "estrellas" como Steven Pinker, el financiero logró que marcos ideológicos excluyentes fueran discutidos en cenas y conferencias de alto nivel. Este fenómeno pone en jaque la integridad de la investigación académica, planteando hasta qué punto el capital privado puede condicionar la ética y el rumbo de la ciencia contemporánea.
Con información de El Diario.es


Begoña Gómez pide su absolución y niega haber utilizado su posición en Moncloa

El juez Calama rechaza la nulidad de la causa sobre Zapatero por Plus Ultra

Entra en vigor el nuevo sistema de notificaciones del INSS para las incapacidades

Antonio Banderas y Marbella protagonizan una edición histórica de los Premios Juventud 2026


El Gobierno descarta por ahora evidencias contra Marruecos en la crisis fronteriza de Ceuta

Informe de la Guardia Civil confirma la rotura de una soldadura en el accidente de Adamuz

Trump arremete contra España por la gestión migratoria en Ceuta: "País arruinado"

El Tribunal de Estrasburgo sentencia a España por las condenas del asedio al Parlament



