
Mirarse a los ojos

Me cruzo con un hombre en los pasillos del gimnasio y automáticamente, baja la mirada para evitar contacto visual.
Me cruzo con una vecina en la entrada del edificio y automáticamente, repite el comportamiento del hombre.
Un compañero de baile, con quien frecuento los mismos lugares y nos hemos visto un millón de veces, evita el saludo.
¿Qué es lo que hace que las personas evadan el contacto visual con un desconocido?
¿Vergüenza? No
¿Vanidad? Tal vez
Yo creo que es miedo. Miedo a no ser reconocido / correspondido por el otro en este mundo en el que el “like” cuenta más que un contacto genuino.
Miedo a mostrarse abierto ante su presencia. Miedo a mostrar la propia presencia.
Si esto parece demasiado complejo para explicar que simplemente la gente va muy apurada y ensimismada en sus cosas, digo que es lo mismo.
Abrirse al intercambio espontaneo con desconocidos nos vuelve vulnerables, pues damos algo (un saludo, una mirada) pero no sabemos si obtendremos lo mismo a cambio.
Me resulta patético. Que no hay posible intercambio si alguno de los dos no le da inicio. ¿A qué esperar que sea el otro?
Porque aunque las pantallas nos lancen al mundo de las relaciones virtuales, lo que cuenta es la mirada, el contacto, la sorpresa efímera de dar con ser humano diferente.
Encontrarse en otra mirada es una celebración. Es una aventura que nos invita a mundos ajenos, muchas veces imaginados por la brevedad del contacto, pero siempre reveladores, pues vemos en los demás nuestra propia humanidad.
Voy por calle mirando desconocidos. Ofreciendo una sonrisa si se me provoca.
Y lleno mi cesta de miradas, sonrisas y sorpresas que me devuelven. ¡Y ese es el puente con el mundo!
Te invito a mirar a los ojos. Te encantará ver tanta promesa.
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