
El momento perfecto es ahora

Veo cómo gente de más de 50 ha decidido que ya no quiere atender más el “Deber Ser” y que está totalmente decidida a “Ser”. Que ya ha cumplido con las expectativas de su entorno, a veces, pagando precios altísimos y que dijo “¡Basta! Ahora me toca a mí”.
La gran compensación por la pérdida de la primera juventud es la certeza de saber lo que uno quiere y necesita. La certeza de saber que sólo está el presente y que no hay “más adelante”; que más adelante es ahora mismo.
Y estando en esta segunda juventud, sin precedentes en la historia de las generaciones, en la cual tenemos más energía y más ganas que hace 30 años atrás, estamos listos para confesar vulnerabilidades, dolores, y deseos. Y a ir por ellos.
Se trata de cambiar la piel, despojarse de lo que va quedando como resabio de tantos años de hábitos dóciles y de autoexplorar la propia necesidad. Asusta, pues no se sabe a ciencia cierta lo que se encontrará.
Sin embargo, más debería asustar perderse en el gris de lo convencional que produce el miedo a vivir. Y cuando el miedo aparece, se expande inexorablemente.
Contrariamente, en la madurez consciente, cuando conquistamos la libertad interior -si tenemos mirada presente y perseverancia- cada experiencia nueva que capitalizamos nos expande a nosotros y también a nuestro entorno.
Conocernos profundamente nos da la posibilidad de decidir cómo, dónde y con quién queremos compartir el camino. Quienes dejan una trayectoria corporativa de estabilidad para emprender lo propio con esfuerzo e incertidumbre, eligen qué vida quieren vivir en adelante.
Quienes rompen familias después de varias décadas de convivencia para encontrar una versión más plena, más verdadera de sí mismos, renacen a una nueva manera de transitar los vínculos. Quienes emigramos de país en la madurez para dejar todo atrás y empezar de nuevo, nos damos la oportunidad de estar donde queremos estar.
Todos conocemos a alguien que ha pasado por alguna de esas circunstancias y hemos visto cuán satisfechos se encuentran ahora. Hay que ser valiente y estar dispuesto a quebrarse más de una vez, porque en cada quebranto, ganamos profundidad.
Anímate, aunque duela. El beneficio es la libertad interior. Tenemos poco para perder y mucho para ganar.
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