
¿Es el entreno en ayunas un atajo definitivo para quemar grasa o un riesgo innecesario?
Andy Aguilar
El entrenamiento en ayunas, una práctica que ha ganado una tracción considerable en las comunidades de fitness y biohacking, consiste en realizar actividad física tras un período de privación de alimentos de al menos ocho a doce horas.
Esta metodología se basa en la premisa fisiológica de que, al no haber insulina elevada ni glucosa circulante proveniente de una ingesta reciente, el cuerpo se ve obligado a recurrir a las reservas de grasa como principal fuente de energía.
Sin embargo, la ciencia deportiva moderna sugiere que esta práctica no es una solución universal y que su eficacia depende estrechamente de los objetivos individuales, el nivel de condición física y el tipo de ejercicio realizado.
Fundamentos fisiológicos y ventajas del ayuno
Desde una perspectiva metabólica, entrenar en ayunas favorece la oxidación de ácidos grasos. Según investigaciones publicadas en el British Journal of Nutrition, el ejercicio aeróbico realizado antes del desayuno puede quemar hasta un 20% más de grasa corporal en comparación con el mismo ejercicio realizado después de comer.
Fuentes oficiales como el Colegio Americano de Medicina del Deporte (ACSM) señalan que esta práctica puede mejorar la sensibilidad a la insulina y la eficiencia metabólica a largo plazo, permitiendo que el cuerpo aprenda a gestionar mejor sus reservas energéticas.
Además, el entrenamiento en ayunas estimula la liberación de la hormona del crecimiento, la cual es fundamental para la recuperación de tejidos y la preservación de la masa muscular, siempre que la intensidad sea controlada.
Riesgos y desventajas del entrenamiento sin ingesta previa
A pesar de los beneficios metabólicos, existen riesgos latentes que no deben ignorarse. La principal desventaja es el riesgo de hipoglucemia, una caída brusca de los niveles de azúcar en sangre que puede provocar mareos, desmayos o debilidad extrema durante la sesión.
El Instituto Australiano del Deporte (AIS) advierte que, en entrenamientos de alta intensidad o de fuerza máxima, la ausencia de glucógeno disponible puede comprometer seriamente el rendimiento, impidiendo que el atleta alcance las cargas necesarias para generar adaptaciones musculares.
Otro riesgo significativo es el catabolismo muscular. Cuando el cuerpo agota sus reservas de glucógeno y no encuentra suficiente energía en las grasas para mantener una intensidad elevada, puede comenzar a degradar aminoácidos del tejido muscular para obtener combustible.
Esto resulta contraproducente para quienes buscan ganar masa muscular. Asimismo, la falta de nutrientes antes del esfuerzo puede elevar de manera excesiva los niveles de cortisol, la hormona del estrés, lo que a largo plazo podría afectar el sistema inmunológico y el equilibrio hormonal, especialmente en mujeres, donde el eje reproductivo es más sensible a los déficits energéticos.
Determinar el momento óptimo para entrenar es una cuestión de ritmos circadianos y objetivos personales. La ciencia del deporte, citada frecuentemente por la Sociedad Fisiológica de Estados Unidos, sugiere que el rendimiento físico máximo suele alcanzarse a última hora de la tarde, entre las 16:00 y las 19:00 horas.
Esto se debe a que la temperatura corporal alcanza su punto máximo en este intervalo, lo que mejora la elasticidad muscular, la velocidad de conducción nerviosa y el metabolismo energético.


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