
Mel Gibson confiesa su gran mentira histórica en Braveheart: "era un monstruo"

El paso del tiempo suele arrojar una luz más cruda sobre las leyendas que Hollywood se encargó de esculpir en celuloide. Mel Gibson, el arquitecto detrás del fenómeno global que fue Braveheart, ha roto finalmente el mito que él mismo ayudó a cimentar en 1995.
En una revisión honesta sobre su obra más laureada, el actor y director australiano ha confesado que la representación de William Wallace distaba mucho de la realidad histórica, describiendo al verdadero Hollywood no como un mártir romántico, sino como una figura despiadada y violenta que infundía terror a su paso.
Gibson no ha escatimado en calificativos al referirse al libertador escocés del siglo XIV, llegando a tildarlo de "monstruo". Según las declaraciones del cineasta, la imagen amable y heroica proyectada en la pantalla fue una concesión narrativa necesaria para la industria: "Lo idealizamos. No era tan amable; siempre olía a humo y se dedicaba a incendiar aldeas".
El director comparó la naturaleza de Wallace con la de un berserker vikingo, un guerrero dominado por la furia ciega, admitiendo que alteraron el equilibrio histórico para cumplir con la clásica estructura de "el bueno contra el malo" que demanda el cine comercial.
La gestación de este proyecto fue, en sí misma, una serie de carambolas corporativas. En 1993, el productor Alan Ladd Jr. —artífice de éxitos como Star Wars— abandonó los estudios Metro-Goldwyn-Mayer llevándose consigo el guion original de Randall Wallace.
Aunque inicialmente Gibson rechazó la propuesta y se barajaron nombres como Terry Gilliam para la dirección o Brad Pitt para el papel protagonista, finalmente fue Mel quien asumió ambos roles a regañadientes, sin sospechar que aquella decisión le otorgaría la gloria definitiva en la industria.
Pese a que la cinta fue la gran triunfadora de la 68ª edición de los Premios Óscar, alzándose con cinco estatuillas —incluyendo Mejor Película y Mejor Director—, nunca estuvo exenta de polémica. Los historiadores han fustigado durante décadas sus continuas inexactitudes y el retrato caricaturesco de los ingleses.
Gibson reconoce ahora que la moral simplista de la obra fue un recurso para cautivar al público, sacrificando la veracidad de los hechos en favor de una épica visual que, aunque efectiva, deformó el legado del personaje real.
En la actualidad, Braveheart es estudiada en las escuelas de cine como un ejemplo magistral de cómo la narrativa audiovisual puede sustituir a la memoria histórica colectiva mediante el uso de la épica y el carisma actoral.
Esta confesión de Gibson cierra un capítulo sobre uno de los rodajes más icónicos de los años noventa. El reconocimiento de que Wallace era un hombre que "siempre olía a humo" y que carecía de la benevolencia fílmica, pone de relieve la responsabilidad de los creadores al abordar figuras históricas.
Aunque la película sigue siendo un referente del cine de acción y sacrificio, su propio autor ha dejado claro que la libertad de Escocia se contó con una pluma cargada de ficción y una brocha demasiado gorda para la realidad del siglo XIV.
Con información de Fotogramas


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